Un llamado, feministas: quizá valga la pena revisar qué sucede cuando la crítica a la industria de la belleza se dirige principalmente hacia quienes deciden pincharse la cara.
“Yo no me pincho porque soy feminista” escuché repetir varias veces a una feminista blanca en un podcast sobre seducción. Después llegaron sus versiones derivadas. Hay que envejecer de forma “natural”. Hay que aceptarse como una es. Los cuerpos no tienen por qué ser bonitos. Sácate los filtros. Suelta la barriga en la playa. Cómete el puto cruasán.
Sin embargo, cuanto más escucho este tipo de discursitos, más me pregunto si el foco puesto sobre las decisiones individuales no nos impide ver las condiciones que las producen. Porque la cuestión no es aceptarse como una es. La cuestión es aceptarse como una quiere ser. Que no siempre coincide. Tampoco consiste únicamente en decidir quién quiere ser qué. La pregunta que me interesa es otra: quién puede permitirse ser de una determinada manera y quién no. Qué cuerpos reciben reconocimiento social sin esfuerzo aparente y cuáles deben trabajar constantemente para obtener una legitimidad semejante.
Reconozco algunas preguntas, pocas respuestas y unas cuantas contradicciones sobre todo esto. Sabemos que la belleza está atravesada por la clase social. Sabemos que la disforia, la dismorfia corporal y muchos conflictos de identidad encuentran alimento en ideales estéticos tan rígidos como los mandatos de género que los sostienen. También sabemos que la “belleza natural” no existe. Lo que existe es una belleza naturalizada, una belleza que ha logrado borrar las huellas de su propia fabricación. Se presenta como esencia. Superficial e inmaculada. La belleza de mármol. Blanca y pulida.
En 2021, Berta Jiménez Luesma publica #NoFilter: sobre los filtros, la belleza y alguna cosa más. Una reflexión sobre el canon de belleza y sobre como “la dicotomía belleza natural vs. belleza artificial (como bueno vs. malo, como aceptable vs. inaceptable, respectivamente) es una gilipollez. Una gilipollez misógina muy cercana a la del machirulo que te dice que “sin maquillaje estás más guapa”. Más adelante, Berta recuerda cuando Itziar Ziga increpa, en Devenir perra, a “las miradas que pretenden resituarme como sierva del deseo masculino desde la comunidad feminista. ¿Nena y tú de que vas disfrazada? ¿Quién te ha dicho que tu estética lleva el sello de garantía antipatriacal?”. Se dio cuenta de la trampa: “Hace años juraba y perjuraba que yo me vestía de puta porque me daba la gana y totalmente al margen de lo que los hombres pensasen. Pero no es cierto, es imposible construirse al margen de la mirada masculina hegemónica”.1
Entonces, para qué señalarnos con tanta dureza. Como si el bótox fuese más problemático que tu belleza heredada. Por qué colocar el artificio y los retoques estéticos en el centro del debate. Como si nuestro corte de pelo, el tratamiento blanqueador de las canas, la largura de nuestras camisetas o la altura de nuestros zapatos no respondiese a la misma lógica, al mismo canon de belleza, al mismo mercado liberal y al mismo sistema capitalista. Da igual. La pregunta, según Berta, es otra:
¡Y qué pasa con la gente guapa! Si acabamos con los filtros de Instagram continúa el canon de belleza. Y hay gente que de manera “natural” lo cumple. ¿Por qué esa belleza es lícita? La “belleza” “natural” (cuanta comilla, eh!) se da en el mismo contexto que la “artificial” y causa el mismo efecto. Pero, sin embargo, no vamos diciéndole a la gente guapa que se arranquen la cara, ¿verdad? ¿Por qué? Mira, aféate. Pero aféate de verdad, no como se lleva ahora. Si el capitalismo impone ese canon de belleza, ¿por qué no en vez de abolir los filtros, abolimos su belleza?
Los privilegiados llevan mucho tiempo utilizando su riqueza para transmitir su valor social y diferenciarse. En consecuencia, la belleza refleja una jerarquía de clases y se convierte en un escenario de lucha social. Muchas personas la utilizan como una forma de autocuidado, pero cuando ese deseo se convierte en una necesidad, la necesidad de sentirse vistas y respetadas como seres humanos, es cuando se vuelve un problema.
El valor asignado a la belleza en las personas socializadas como mujer está impregnado de desigualdades en cuanto a la clase, la edad, la discapacidad, los prejuicios raciales y los impactos coloniales y, por lo tanto, no está disponible por igual para todas. Los cuerpos tienen valor en su contexto social y, por ende, no puede venir determinado únicamente por la voluntad o el trabajo individuales. La noción de belleza como virtud, comparable a la verdad, sigue presente hoy en nuestro empeño por ser percibidas como atractivas de forma “natural” y sin esfuerzo.
Recurrir a medios artificiales para alcanzar la belleza implica haber incurrido en un engaño, y ese engaño se considera vulgar. De ahí que tantas figuras públicas que viven de su aspecto se nieguen a reconocer qué se han hecho. Hacerlo sería admitir que han tenido que dedicarle un esfuerzo y, automáticamente, serían percibidas como menos bellas. El resultado es una paradoja profundamente misógina. Se valora a las personas leídas como mujeres por su belleza y atractivo físico, pero a menudo se las penaliza y juzga por esforzarse en mejorar su aspecto. Se espera que mantengan una estricta disciplina y vigilancia sobre sí mismas y, al mismo tiempo, que se muestren indiferentes y despreocupadas ante la belleza.
Pese a que los tratamientos estéticos bien hechos pueden ser una herramienta de ascenso social, cuando se hacen mal tienen el efecto contrario. Ya sea pasarse engrosando los labios, aplicarse mal los rellenos o ponerse carillas demasiado blancas, la forma en que se realizan estos tratamientos está añadiendo otra capa más en la separación social. La escritora Ellen Atlanta, en su ensayo Diva virtual, escribe: “Para la gente de clase media, ver a alguien que es evidente que se ha hecho algo suele generar rechazo. Los cuerpos de la clase trabajadora casi siempre se consideran excesivos y exagerados, y el relleno de labios es un ejemplo clásico. Sin embargo, la gente de clase trabajadora no lo ve de la misma manera. Su mentalidad es cuanto más, mejor, porque es esa obviedad la que demuestra que tu cuerpo es valioso y que deberías estar incluida en la sociedad. Al hacerte retoques estéticos, demuestras tu aptitud, tus recursos y tu trabajo, los cuales se valoran más entre la clase trabajadora.”
Y sin embargo hay algo más. Reducir la belleza a una herramienta de ascenso social tampoco acaba de explicar lo que está en juego. En una entrevista reciente a propósito de su ensayo Sobre la belleza. Entre la Venus y el cíborg, Naief Yehya planteaba una cuestión que rara vez aparece en los debates sobre estética: la relación entre apariencia y dignidad: “Antes de salir de casa casi todo el mundo se mira en el espejo. En ese gesto cotidiano hay algo más que una comprobación estética. Hay una forma de preparación para el encuentro con el mundo. Una manera de convencerse de que una está lista para atravesar el día.”
Pienso a menudo en mis estudiantes. Llegan a clase a las ocho de la mañana con el contouring perfectamente hecho. A veces me pregunto a qué hora se han levantado. Cuánto tiempo han dedicado a construir esa imagen. Cuánta energía han depositado en un gesto que desde fuera puede parecer superficial. Durante mucho tiempo interpreté ese esfuerzo como una adaptación al canon. Ahora creo que también habla de otra cosa.
En una época marcada por los alquileres imposibles y por una sensación cada vez más extendida de incertidumbre, el cuerpo aparece como uno de los pocos espacios sobre los que todavía parece posible actuar. La apariencia ofrece una forma de agencia. Quizá por eso la belleza resulta tan difícil de abandonar políticamente. Porque promete reconocimiento social, pero también ofrece una sensación de control sobre la propia existencia cuando tantas otras condiciones de vida permanecen fuera de nuestro alcance.
Pero ¿quién paga el skincare de las niñas de nueve años? ¿Quién paga los labios de las universitarias que no pueden permitirse una habitación en un piso compartido de Barcelona?
Hago cuentas y, honestamente, no me salen los números.
¿Por qué alguien haría esto?
En internet, un chico golpeándose la mandíbula para remodelarla.
La antropóloga social Belén Silva (@muyempirica) se pregunta: ¿Cómo puede ser que alguien crea que esto funcione?
Y esa pregunta conduce inevitablemente a otra: ¿Cuáles son las condiciones que hacen que esto tenga sentido para quien lo practica?
En la lógica del looksmaxxing, fenómeno que se viralizó en TikTok, el rostro y el cuerpo se clasifican en una escala del 1 al 10. Existen una serie de técnicas como dietas, cirugías, retoques o golpes, que hacen que puedes subir en esa escala y mejorar el llamado “valor en el mercado sexual”. Parece absurdo desde afuera, pero desde adentro, dice Silva, es perfectamente consistente:
Erving Goffman demostró, en La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959), que toda interacción social es una gestión de impresiones. Nos presentamos ante las demás como actores en un escenario. En la era visual de las redes sociales, ese escenario se reduce a una buena foto. Y si el cuerpo es, como decía Pierre Bourdieu, en La distinción (1979), una forma de capital, un activo que se puede trabajar y convertir en reconocimiento social; entonces, invertir en él no es muy irracional. Es la inversión más accesible cuando otros capitales están cerrados. Marcel Mauss ya lo anticipaba en 1934: El cuerpo es el primer instrumento cultural. René Girard, en Mentira romántica y verdad novelesca (1961), explicó que no deseamos lo que queremos, deseamos lo que vemos que otras desean. El algoritmo es una máquina de deseo mimético a escala industrial. Muestra lo que otras persiguen hasta que tú decides soberanamente que también lo vas a perseguir. Y la comunidad hace el resto: valida el sacrificio, celebra los resultados y transforma el dolor en prueba de compromiso. Lo que David Le Breton llamaría “conducta de riesgo” no es autodestructivo en su lógica interna. Es un intento de existir en un mundo donde ser invisible es la amenaza real. El looksmaxxing no es una patología de perturbado. Es el síntoma de un sistema en el que el cuerpo se convirtió en el único CV que el algoritmo lee en dos segundos.
Pero la historia no termina ahí. Si el cuerpo funciona como un capital, también conviene preguntarse quién dispone de las condiciones para acumularlo. Bourdieu observó que la belleza posee una capacidad singular para ocultar las desigualdades que la producen. Quienes encarnan el ideal estético dominante suelen aparecer como si simplemente fueran bellos. O, en la versión contemporánea del mito, como si hubieran llegado hasta allí gracias a su disciplina, autocuidado o a su capacidad de trabajar sobre sí mismos.
La fantasía meritocrática de la belleza consiste precisamente en esta operación. El privilegio se convierte en virtud. La posición social se transforma en esfuerzo individual. La ventaja acumulada aparece como una conquista personal. La persona bella no solo es percibida como atractiva, sino también como elegante y moralmente valiosa. Mientras tanto, la distancia respecto al canon se interpreta como una falta de voluntad, una renuncia o un fracaso individual.
Por eso el verdadero poder de la belleza no reside únicamente en su capacidad para producir deseo. Reside en su capacidad para hacer que las jerarquías parezcan merecidas. La belleza heredada se confunde con virtud. La belleza trabajada se interpreta como esfuerzo. Y entre ambas desaparecen las condiciones materiales que distribuyen de forma desigual el tiempo, el dinero, el descanso, la atención y el reconocimiento.
La pregunta, entonces, no es por qué alguien decide golpearse la mandíbula, inyectarse bótox o pasar horas frente al espejo. La pregunta es qué tipo de sociedad convierte esas prácticas en estrategias razonables para habitar el mundo.
La que se pone bótox todavía debe dar explicaciones. La que encarna el canon sin aparente esfuerzo no. La influencer que reconoce haberse hecho un retoque recibe acusaciones de frivolidad, inseguridad o vanidad. La modelo con una genética extraordinaria, acceso a entrenadores personales, tratamientos dermatológicos desde la adolescencia y tiempo para dedicarse a su imagen aparece simplemente como “natural”. La actriz que admite una rinoplastia es objeto de debate. La actriz que nació con unos rasgos más próximos al canon rara vez debe justificar nada. La compañera que cumple los estándares de belleza sin maquillaje puede ser celebrada como ejemplo de autenticidad.
El verdadero escándalo nunca ha sido el artificio. Lo que parece intolerable es que el artificio se vea. Pero, si queremos que la aceptación sea transformadora, hay que desactivar tanto los nuevos mandatos de “naturalidad” como la geometría de la pureza que los sustenta. Eso implica politizar la apariencia del ‘horror blanco’. La lucha por aceptar los cuerpos será efectiva solamente si también cuestionamos las superficies que pretenden vender esa aceptación como neutra.
A diferencia del horror tradicional, que se articula alrededor del miedo a la oscuridad o a lo desconocido, el horror blanco emerge cuando descubrimos que aquello que parecía natural está construido. Que aquello que se presenta como neutro es, en realidad, una forma de poder. El blanco impecable. La familia perfecta. La institución respetable. La estética “sin filtros” que promete neutralidad mientras delimita quién pertenece y quién queda fuera.
Por eso la figura contemporánea de la clean girl resulta tan interesante. No porque represente una feminidad artificial, sino porque encarna una artificialidad que ha logrado borrarse a sí misma. Una estética que se presenta como ausencia de estética. Un ideal de belleza que pretende no ser un ideal. Ahí reside la violencia del horror blanco: en su capacidad para ocultar las condiciones que lo producen y hacer que el privilegio aparezca como naturaleza. Silenciosa en convertir la clase, la raza, el acceso al tiempo, a los cuidados y al capital estético en algo que simplemente es así.
El problema es sistémico y estructural, y eso es algo que nunca debemos olvidar. Las fuerzas unidas del patriarcado, el capitalismo, el racismo, el capacitismo, el edadismo, el clasismo, el colorismo y la gordofobia son directamente responsables de nuestra experiencia con la cultura de la belleza.





¡Temazo! La belleza natural cuando naciste con un cuerpo que cumple un canon de belleza que, además, representa lo que para algunos -la elites- es considerado bello. Lo correcto. Lo puro. Cuando la belleza y la clase, muchas veces relacionada, es heredada.
Si te esfuerzas, si lo demuestras... estás mal. Es chabacano.
Y todos entramos en ello. En un lado u otro. A veces, según la época, en uno y en otro.
Creo que es un temazo lleno de contradicciones. (Y una que ya está llena de contradicciones...)
Interesantísimo este artículo! Un montón de referencias interesantes. Gracias por la reflexión!
Tema clean girl… Me encantaría localizar algún artículo totalmente sobre esto, Hailey Bieber y todo el imperio de clean girls. En fin me ha encantado esta lectura!